Te cambio por mi tiempo, por mi espacio. Te cambio por largos ratos bajo la ducha, por ejercicios acompañados de atardeceres llenos de música extraña, te cambio por el sol, por todos los días de calor y frío fuera de los rutinarios normales de fresco agradable. Te cambio por cientos de películas, te cambio por arte, por mis sonidos, por mis gustos, por mis ideas, por mi familia. Te cambio por mi libro de Allan Poe, por todas mis teorías absurdas, por mis malas costumbres, por mi falta de paciencia. Te cambio por mis plantas, por mis rosas. Te cambio por silencio con soledad, por el rocío de la mañana en compañía, por el exceso de equilibrio que detesto, por mi potestad de acudir al caos total sin temerle a la muerte ni al dolor, te cambio por dolor, ese que si duele.
Te cambio por mucho dinero, por un deportivo rojo, por un velero, por mucho mar. Te cambio por muchos viajes, por las pirámides, por los puentes, por los grandes edificios con infraestructuras de acero, frías y débiles como mi estómago. Te cambio por mi casa, por mi silla Le Corbusier, por la comida mal preparada en mi cocina por cualquier persona que me ama, por los platos exóticos en restaurantes de lujo que llenan mi ego y vacían mi bolsillo, por los vinos caros que no entiendo. Te cambio por la sociedad, por la opinión, por las formas estúpidas que más me irritan, por las mentiras representativas, por las verdades inútiles, por todo lo tangible absolutamente necesario para vivir entre basura exquisita. Te cambio por mis trajes formales, por mis medias de nylon, por mis mil corbatas guardadas, por el olor de los perfumes mezclados en las sábanas con aroma a tabaco, por los bailes, por las risas, por la comida, por la droga, por el alcohol, por el cigarrillo y el café, por mis resacas y mis errores, por mis arrebatos agresivos después de noches de derroche, te cambio por mis golpes, mis gritos, mis lágrimas. Te cambio por el porvenir, ese que si viene.
Te cambio por la vanidad que no me llena, por el cariño que empalaga, por las caricias que fastidian, por todas las que no me dabas. Te cambio por pasión, por mordiscos, por los gemidos de dolor de la mujer con quien juego a hacerle el amor con fuerza y violencia, por sus cabellos castaños entre mis manos, por sus deseos incontrolables de seguir gritando, por la camisa blanca irremediablemente manchada con la sangre que brota de los rasguños en mi espalda. Te cambio por la madre de mis hijos horribles como ella, o hermosos como yo, pero no hermosos como ella, u horribles como yo. Te cambio por histeria, por gritos, por falta de intelecto, por exceso de sinceridad, por peleas que comienzan en la calle y terminan en la casa, que comienzan en la cocina y terminan en la cama…esas que si terminan.
Y terminan.
Luis E. Uzcategui
Te cambio por mucho dinero, por un deportivo rojo, por un velero, por mucho mar. Te cambio por muchos viajes, por las pirámides, por los puentes, por los grandes edificios con infraestructuras de acero, frías y débiles como mi estómago. Te cambio por mi casa, por mi silla Le Corbusier, por la comida mal preparada en mi cocina por cualquier persona que me ama, por los platos exóticos en restaurantes de lujo que llenan mi ego y vacían mi bolsillo, por los vinos caros que no entiendo. Te cambio por la sociedad, por la opinión, por las formas estúpidas que más me irritan, por las mentiras representativas, por las verdades inútiles, por todo lo tangible absolutamente necesario para vivir entre basura exquisita. Te cambio por mis trajes formales, por mis medias de nylon, por mis mil corbatas guardadas, por el olor de los perfumes mezclados en las sábanas con aroma a tabaco, por los bailes, por las risas, por la comida, por la droga, por el alcohol, por el cigarrillo y el café, por mis resacas y mis errores, por mis arrebatos agresivos después de noches de derroche, te cambio por mis golpes, mis gritos, mis lágrimas. Te cambio por el porvenir, ese que si viene.
Te cambio por la vanidad que no me llena, por el cariño que empalaga, por las caricias que fastidian, por todas las que no me dabas. Te cambio por pasión, por mordiscos, por los gemidos de dolor de la mujer con quien juego a hacerle el amor con fuerza y violencia, por sus cabellos castaños entre mis manos, por sus deseos incontrolables de seguir gritando, por la camisa blanca irremediablemente manchada con la sangre que brota de los rasguños en mi espalda. Te cambio por la madre de mis hijos horribles como ella, o hermosos como yo, pero no hermosos como ella, u horribles como yo. Te cambio por histeria, por gritos, por falta de intelecto, por exceso de sinceridad, por peleas que comienzan en la calle y terminan en la casa, que comienzan en la cocina y terminan en la cama…esas que si terminan.
Y terminan.
Luis E. Uzcategui


